Home Mayo 18, 2012 publicidad
 
  Inicio Clasificados Directorio Archivos Enciclopedia Ecuestre Contacto Enlaces
 
Archivo actual Archivos anteriores
c
  Noticias y Eventos  
 

 vHistoria Ecuestre

Los caballos en el imperio Bizantino: Constantinopla

En la Constantinopla de Justiniano fue extraordinaria la afición a las carreras; Los equipos, distinguidos por sus colores, suscitaban violentas pasiones entre los forofos, con el emperador a la cabeza.

Cualquier domingo por la tarde, en el estadio de cualquier ciudad española. En la tribuna VIP decenas de políticos, empresarios, intelectuales y actores, discuten sobre las habilidades de los futbolistas y participan en las vicisitudes de su equipo.

Hace 1550 años, a mediados del siglo VI, en el estadio de Bizancio, el emperador Justiniano asiste a la carrera de cuadrigas, el deporte más popular de la época. Compiten cuatro equipos que se distinguen por los colores que visten los jockeys: los blancos, los rojos, los azules y los verdes.

Justiniano es un forofo que grita y gesticula, animando a sus preferidos, lo mismo que los dignatarios de su corte, que se sientan a su lado, en la grada. También anima la emperatriz Teodora, no sabemos si a los caballos o directamente a los jockeys, si tenemos en cuenta la opinión de los escritores contemporáneos, ya que según Procopio de Cesárea, historiador muy al tanto de los asuntos secretos de la casa imperial: “Su primera ambición es el adulterio”.

El pueblo participa, aúlla, sufre, se apasiona, toma partido, se divide, defiende los colores de su equipo. La fiebre del estadio en Bizancio del siglo VI hace olvidar la dictadura de Justiniano, los impuestos de Justiniano, las guerras de Justiniano, los gastos de Justiniano y a la mujer de Justiniano.

Y el poder político de Justiniano sabe manejar la fiebre por los caballos del estadio, porque en aquel Bizancio el poder político estaba directamente ligado al deporte. Umberto Brócoli cuenta en cómo en el estadio se mezclan y se confunden los hinchas de los equipos y los militantes de los partidos políticos.

Historia del Fanatismo Deportivo: Barras bravas en Bizancio

La violencia de las hinchadas no es nueva. En el año 532, una batalla entre fanáticos Verdes y Azules terminó con una masacre. Según contó Procopio de Cesarea, la negligencia del emperador llevó la violencia del hipódromo a toda la ciudad. Esta nota recorre cantitos, imprecaciones y costumbres de los barrabravas de la antigüedad.

Las violencias en el estadio, y alrededor del estadio, ya resultaban intolerables. Peleas, enfrentamientos entre hinchadas rivales eran frecuentes en aquellos años. Pero esa vez superaron la marca. A mediados de enero el público se desató en las tribunas, ya había habido refriegas. Los desórdenes se extendieron a las calles aledañas. Intervino la policía. Se les fue de las manos. Arrestaron a hinchas de ambos equipos. Entonces sucedió algo imprevisto: los revoltosos de una y otra hinchada frenaron las hostilidades y se aliaron contra la policía y el gobierno para pedir la liberación de los detenidos. En ese momento, las autoridades cometieron un error fatal: subestimaron la gravedad de la situación, decidieron continuar con las actividades deportivas como si nada hubiera pasado.

Probablemente querían demostrar que unos pocos revoltosos no tenían poder suficiente para alterar la ciudad. O pensaron que la pasión deportiva se impondría a las explosiones de bronca. Los espectadores incendiaron las tribunas, se precipitaron a la ciudad y prendieron fuego la sede de la policía, la iglesia de Santa Sofía, todo el barrio. El 17 de enero intervinieron las tropas tracias fieles al emperador, pero en las callecitas angostas de Constantinopla no pudieron hacer mucho y se vieron obligadas a batirse en retirada a los cuarteles.

El domingo 18, Justiniano volvió al hipódromo, donde las carreras seguían figurando en el programa, con los evangelios bajo el brazo en señal de disposición a perdonar a los revoltosos y no desilusionar a los hinchas. Bajo una lluvia de silbidos y objetos lanzados tanto por los Azules como por los Verdes, tuvo que alejarse a toda prisa. Intervinieron las tropas. Víctimas del pánico, aplastadas por la multitud, sofocadas contra las puertas trabadas, masacradas por los soldados, perecieron treinta mil personas en un estadio con capacidad para cien mil: la mayor masacre de hinchas de la historia.

Corría el mes de enero del año 532. En la Nueva Roma cristiana fundada por Constantino. Así lo cuenta el historiador bizantino Procopio de Cesarea (que vivió alrededor del 500 y el 565dC.). La crónica forma parte del prólogo de un libro del especialista en la antigüedad Fik Meijer recién traducido al italiano: El mundo de Ben Hur. El espectáculo de las carreras en la antigua Roma (Laterza). Durante casi un milenio, el equivalente de nuestros partidos de fútbol fueron las carreras en el hipódromo. Pero en Constantinopla-Bizancio el fanatismo extremo, la división de toda la ciudad en dos facciones principales, Azules y Verdes, había alcanzado el punto máximo, se había convertido en hábito; en institución. También estaban los Rojos, aliados a los Verdes, y los Blancos, aliados algunos a los Azules, otros a los Verdes. Los Negros habían desaparecido.

Desde el originario ámbito deportivo y del entertainment, el fenómeno se había extendido a la política y la religión. La organización de la hinchada había adquirido una dimensión independiente de la dirección técnica de los equipos. El jefe se reclutaba entre los poseedores de las mayores fortunas, gente que tenía poderosos intereses comerciales y sabía manejar el dinero. Se movía mucha plata. Las cosas se embrollaron más cuando el emperador Justiniano se alineó abiertamente con una de las dos facciones, los Azules. Y al hacerlo "terminó creando un desorden y una conmoción generales", "aunque no todos los Azules aprobaban sus ideas, sino sólo los extremistas", nos dice Procopio en su Historia Secreta (o Anecdota). Los fanáticos habían introducido nuevas modas. "Los fanáticos no se afeitaban la barba ni los bigotes, que se dejaban crecer hacia abajo al uso persa". Otros "se rapaban hasta las sienes, atrás en cambio se dejaban colgar una pelambre larguísima y descuidada... por eso a esa moda se la llamó estilo huno". En pocas palabras, en cuero y peludos.

Otro elemento extraño era la forma en que se vestían: "Llevaban las mangas de la túnica muy apretadas alrededor de los puños y exageradamente amplias hacia los hombros. Y cuando en los teatros y en el hipódromo alzaban los brazos, como se estila, para gritar y alentar, esa parte de la túnica se inflaba y flotaba... y a los incautos les daba la impresión de que necesitaban prendas con esa amplitud para cubrir un cuerpo extraordinariamente musculoso... elegían capas, pantalones y sobre todo zapatos siguiendo la moda de los hunos".

Procopio describe con tintes sombríos el paso a la violencia sistemática: "Entonces comenzaron a circular casi todos visiblemente armados, de día llevaban pegados al muslo puñales de doble hoja, ocultos bajo la capa; apenas oscurecía se reunían en bandas y asaltaban a las personas de bien. (...) Esta asociación para delinquir atraía a masas de jóvenes que nunca antes habían experimentado deseos de cosas por el estilo y ahora se veían arrastrados por la perspectiva de una violencia ejercitada sin riesgos... Al perdurar la alarmante situación sin que interviniese la autoridad de la policía contra los responsables, su impudicia crecía día tras día". Hasta tal punto que "la gente ya no aguantaba más, ni siquiera a los menos desenfrenados de los Azules, que tampoco se salvaban".

Procopio no es un testigo imparcial. Siente un odio visceral hacia Justiniano y sobre todo hacia su mujer Teodora. No les perdona una. Llega a insinuar que eran cómplices hasta cuando fingían pelear: "El emperador y la esposa generalmente fingían tener visiones diferentes sobre las cuestiones controvertidas: obviamente, prevalecía la decisión ya convenida por los dos en privado". En la Anecdota saca a relucir todo el veneno que había mantenido oculto en sus libros anteriores, cuando "todavía estaba con vida" el autor de las fechorías que denuncia. Al padre del derecho occidental le reprocha en particular las leyes ad personam: si la justicia le creaba dificultades a alguien, "bastaba alargar otro poco de oro a Justiniano y rápidamente se redactaba una ley a medida", si en cambio "a alguien le venía bien la ley abolida, sin tardanza la exhumaba y entraba en vigor; en suma, ninguna norma era sólidamente fija, la balanza de la justicia oscilaba para un lado y para el otro y se bajaba el platillo allí donde más fuerte era el peso del oro".

No queda muy claro qué diferenciaba a los Azules y los Verdes, fuera del fanatismo por el equipo respectivo. Tampoco Procopio consigue explicarnos por qué los hinchas "se pelean con los adversarios sin saber exactamente por qué, salvo que si matan a los adversarios corren el riesgo de terminar en la cárcel". No le resulta claro el mecanismo por el cual en estos hombres "crece una hostilidad sin razón respecto de otros seres humanos y no cesa ni cede ante vínculos de matrimonio y amistad, ni siquiera entre hermanos y parientes... No le importa nada de lo humano y ni siquiera de lo divino, salvo los colores de su equipo". Le resulta lógico que sean hinchas "hasta las mujeres". "No sabría bien cómo definir todo esto, salvo como psicopatología (psyches nosema)", concluye Procopio en Historia de las guerras.

Las interpretaciones marxistas según las cuales los Azules representaban a la aristocracia y los Verdes a los artesanos y a los pequeños comerciantes han caído en desuso. Al parecer, ambas facciones tenían ricos y pobres, profesionales y políticos. Idénticos eran los métodos y también los eslóganes. Alan Cameron, autor de algunos de los estudios más profundos en la materia (Circus Factions. Blues and Greens at Rome and Byzantium es un ensayo sobre el más famoso de los aurigas de Constantinopla, Porfirio) refiere cánticos tipo: "Quema acá, quema allá /No más Verdes alalá"; o: "Incendiemos, incendiemos/ Azules no queremos". Ay, ay, ay, oloi, oloi, el estribillo; la ola, podría decirse. Entre las cosas más divertidas del libro de Meijer, un par de citas en tablas grabadas por los hinchas. Rozan el arte sublime de la yeta. "Yo te invoco, oh demonio, seas quien seas, y te pido que atormentes a los caballos de los Verdes y de los Blancos y que los mates y hagas morir en un enfrentamiento a los aurigas Clarus, Felix, Romulus y Romanus, y que en ellos no quede ni un hálito de vida", se lee en un grabado de un hincha de los Azules.

Otra tabla enumera, uno por uno, los nombres de los caballos del equipo adversario y los accidentes augurados a sus conductores: "tales las manos, quítales la victoria, no los hagas llegar a la línea de llegada, niégales el triunfo, núblales los ojos de manera que no puedan ver a los adversarios, sujétalos, hazlos caer de los carros, arrójalos al suelo, de manera que caigan y sean arrastrados por toda la pista, sobre todo al lado de las columnas y que resulten gravemente heridos, ellos y sus caballos".

Con la llegada del cristianismo cambian apenas algunos detalles. "Yo os invoco santos ángeles y santos nombres para que mañana en la arena atéis a Eucherio el auriga, que lo enredéis, que lo hagáis caer, que lo hiráis, que lo destruyáis, que lo matéis y lo hagáis reventar... impedidle que pase a otro, hacedlo tropezar... que sea aplastado, que sea arrastrado... ahora, ahora, ya mismo, ya mismo", dice una tableta hallada en la via Appia.

Muchos intelectuales, entonces y antes aún, se esforzaron por conocer a fondo el fenómeno. Plinio el Joven (62-113dC.) no logra explicarse cómo es que "tantos miles de hombres, volviendo a convertirse en ese momento en niños, desean contemplar caballos de carrera y aurigas plantados en carros". Dice que "si su entusiasmo naciera de la velocidad de los caballos o de la maestría de los aurigas, esa pasión todavía tendría alguna justificación". A Plinio le resulta incomprensible que "sean hinchas de una camiseta, que sufran por una camiseta y si, en el desarrollo de la carrera o en el corazón de la competencia, aquel color llegara más allá y éste quedara acá, intercambiarían también el ardor y el fanatismo y abandonarían de golpe a los famosos conductores, los famosos caballos que suelen reconocer de lejos y cuyo nombre no se cansan de gritar. Tanto es el crédito, tanto el prestigio de los que goza una camisa de dos centavos, no digo a los ojos del vulgo, que vale aún menos que los dos centavos de la camisa, sino a los ojos de ciertos señores de gran peso".

El cristiano Tertuliano (160-240dC.) lo diría más duramente: "Esta es la prueba de su ceguera: no ven qué se ha hecho caer; creen que se trata de un paño, pero en realidad es la imagen del diablo precipitado desde lo alto. Así, a partir de ese instante se desencadenan el delirio, las pasiones, las refriegas... Vale decir, maldiciones, insultos sin un verdadero motivo de odio e incluso apreciaciones entusiastas sin un verdadero motivo de amor. ¿Qué ventaja pretende obtener, qué hacen allí personas que ya ni siquiera son ellas mismas? ... Y entonces, ¿qué puede haber más triste que el estadio?" Agustín de Hipona (354-430dC.), que no era apasionado de carreras, sino de política, emociones humanas y psicología de las multitudes, sí era más comprensivo en cuanto al fanatismo deportivo: en un sermón llegó a indicar a los fieles el fanatismo en el estadio, el amor por el auriga del propio equipo, inquebrantable e incondicional, indiferente a cualquier otra cosa, como ejemplo de cómo habría que abandonarse al único Dios verdadero.

fuente:

http://www.elmundo.es/
http://www.clarin.com/

  footer Sys&Web